INDIGNACIÓN… Columna de Opinion de REBECA BECERRA LANZA

El 1 de agosto de 1982 fue desaparecido mi hermano José Eduardo Becerra Lanza, estudiante de medicina que contaba solamente con 24 años de edad, una persona carismática con una memoria privilegiada, líder nato que organizó y encabezó un movimiento estudiantil sin precedentes en la historia del país. Mi hermano, Secretario General de la Federación de Estudiantes Universitarios de Honduras FEUH, representaba en el campo político nacional uno de los principales obstáculos para la concretización de los macabros planes imperialistas abalados y ejecutados por Roberto Suazo Córdova, Gustavo Álvarez Martínez y Oswaldo Ramos Soto en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Desde el instante en que la familia Becerra Lanza se dio cuenta de su desaparición mi padre, un hombre con una amplia experiencia en guerra de guerrillas, entrenado en Cuba (1961-1964) y uno de los fundadores del primer foco guerrillero en Honduras, el Movimiento Revolucionario Francisco Morazán, organizó a toda nuestra familia desde el más pequeño hasta el más grande y nos preguntó qué era lo que queríamos hacer y nos dio dos opciones: salir huyendo del país, como lo hicieron muchos y muchas, o quedarnos a luchar hasta la muerte por nuestro hermano José Eduardo. Sin titubeos y como caracterizaba y caracteriza a nuestra familia la unión, el respeto, la solidaridad y el amor, todos contestamos que nos quedaríamos luchando por encontrar vivo o muerto a nuestro querido hermano. De ahí en adelante todas las decisiones se tomaban en familia, de ahí en adelante mis dos pequeños hermanos Roberto (5 años) y Nora (7 años), y los mayores mi hermano Longino (21 años), Rosario (17 años) y yo (13 años) acompañamos a nuestros padres en una búsqueda de película de terror imposible borrar de nuestras mentes.

Mi padre trazó toda una estrategia de supervivencia, nos enseñó a disparar a todos y a andar armados con lo que pudiéramos, siempre lápiz y papel en mano, nos enseñó a poner trampas en la casa, a identificar a las personas que nos perseguían, a despistarlos, qué hacer en caso de ser capturados, a estar alertas de día y de noche, nos preparó para los acosos psicológicos de los que seríamos víctimas durante años (todavía es una tortura psicológica encontrarse frente a frente con los asesinos de nuestro hermano en lugares públicos de la capital), nos preparó para una guerra sucia que libramos prácticamente solos, porque fueron pocos los que nos acompañaron; al principio muchos se solidarizaron con nuestro dolor, pero después quedamos solamente con algunos amigos y familiares como mi tía Juana Paula Valladares Lanza que fue perseguida y amenazada de muerte junto a su familia, mi tío Longino Becerra a quien le pusieron una bomba en su casa, nuestra vecina y amiga de Eduardo desde la infancia Blanca Sauceda quien jamás nos dio la espalda, entre otros y otras. Cuando la situación agravó y las amenazas fueron más fuertes amigos y familiares nos cerraron la puerta en la cara por temor y con suma razón pues sus vidas corrían peligro; pocos quedaron a nuestro lado, a esos les agradeceremos toda la vida, porque también fueron amenazados de muerte por socorrernos.

Crecimos sin infancia y sin adolescencia porque no tuvimos tiempo de vivirlas, estábamos tratando de sobrevivir en medio de la indiferencia social, en medio de los asesinos, en medio de la miseria y el hambre porque todo el salario de mi padre se invertía en la búsqueda de mi hermano, en campos pagados en los periódicos, en meter demandas, en volantes para repartirlos en la calle para que la gente se diera cuenta de lo que estaba sucediendo en el país, en transporte porque en cada lugar del país donde aparecía un cadáver estábamos presentes para identificarlo.

Nosotros, unos con más conciencia del peligro que otros por nuestra corta edad, nos convertimos en la fortaleza de nuestros padres, en sus inseparables amigos porque los acompañamos a buscar cadáveres en las orillas de los ríos, los cerros, las montañas, cárceles clandestinas, cementerios, morgues; los acompañamos a citas con los culpables de las desapariciones y ver cómo se reían de nuestro dolor; estuvimos en manifestaciones, marchas, plantones; tuvimos los fusiles apretando nuestros pequeños pechos, nos pusieron una pistola en la cabeza, fuimos golpeados, insultados, despreciados, aislados socialmente porque nadie se quería acercar a nosotros y mucho menos darnos trabajo; fuimos amenazados verbalmente en la calle o por teléfono con ser desaparecidos y asesinados. Platicando con mis hermanos recordamos el día en que se llevaban secuestrada a mi madre, veníamos de realizar no sé qué trámite con mis hermanos pequeños Nora y Roberto, cuando en la plaza de Los Dolores nos acorralaron unos hombres y nos arrebataron a nuestra madre, yo quedé sola con mis hermanitos tomados de la mano sumergida en el llanto viendo cómo se llevaban a mi madre y ella diciéndonos adiós y gritándonos que nos fuéramos para la casa. Como mi padre nos había enseñado, comenzamos a gritar que éramos hermanos de Eduardo Becerra Lanza, un desaparecido político y que se llevaban a mi madre agentes de la DNI, gracias a la vida encontramos quien nos socorriera y los intimidadores se fueron dejando a mi madre a unas cuantas cuadras de nosotros; sabíamos que esto era solamente para asustarnos y que abandonáramos la búsqueda de mi hermano que ya era un caso reconocido internacionalmente.

Cuando mis padres salían a lugares lejanos a reconocer algún cadáver, para ahorrar dinero se iban solos dejándonos a mi hermana Rosario a mí encargadas de mis hermanos menores y de la casa; mis padres regresaban uno o dos días después o a veces a media noche y nosotros permanecíamos solos acorralados como presas en nuestra humilde casa a expensas de ser violadas o asesinadas.

Vimos cadáveres descuartizados, desenterramos ropas sin cuerpo, pelo, zapatos, escarbamos tumbas vacías con nuestras propias manos, vigilamos cárceles clandestinas, cuántas veces nos salvamos de ser asesinados rodando por montes, esquivando balas y asesinos. Por las noches cuando rodeaban nuestra casa (porque no nos dejaban dormir), cargaban sus armas y hablaban de entrar y asesinarnos; valientemente nos sentábamos todos en el suelo de frente a la puerta a esperar la muerte, sin una lágrima, sin titubeos. Las noches eran más tenebrosas que el día porque la presión psicológica era peor, y no sabíamos qué nos iban a hacer; pero no nos cansaron y al día siguiente teníamos la misma energía y la misma esperanza de seguir luchando.

Fuimos los primeros en nombrar públicamente a los asesinos de nuestro hermano; fuimos los primeros en demandar a los asesinos en nuestro propio país, fuimos los primeros en elevar la voz a nivel internacional y buscar protección. TODA NUESTRA LUCHA SE BASÓ EN LA JUSTICIA, LA VALENTÍA Y LA HONRADEZ. Nunca dejamos de buscar a nuestro hermano y donde vamos llevamos la verdad y la contamos, muchos no nos creen, muchos piensan que lo inventamos, que estamos locos, que el libro que escribió mi tío Longino Becerra Cuando las tarántulas atacan, es ficción; falso es, QUE TODO LO QUE VIVIMOS NO ESTÁ ESCRITO EN ESE LIBRO.

Esta tragedia tuvo sus secuelas psicológicas en todos los miembros de la familia Becerra Lanza, a tal punto que todos enfermamos de esquizofrenia, paranoia y depresión crónica, secuelas que se continúan agravando. Desde el desaparecimiento de mi hermano hemos sufrido casi en silencio. La trágica muerte de mi sobrino Eduardito y la de mi hermana Rosario, producto de todos los vejámenes e injusticias que cometieron contra una familia que solamente soñaba con el estudio, el trabajo y la superación, no hundió más en la pena y el desconsuelo, calvario que no tengo palabras para describirlo porque personalmente me consumió la vida; posteriormente la muerte de mi padre, el guía de la familia, agravada su enfermedad por tanta tragedia, acabó con su vida. Hoy sobrevive mi madre, anciana; la única mujer que tuvo el valor de enfrentarse a Álvarez Martínez, a Alexander Hernández, a Oswaldo Ramos Soto, a Juan Blas Salazar, frente a frente y les gritó asesinos en su cara en el lugar donde se los encontraba, muchas veces tomada de mi pequeña mano; cobardes, lo único que hacían era tocarse y enseñarnos la pistola; hoy mi madre tiene las mismas fuerzas y la misma esperanza, hoy espera que alguien le devuelva los huesos de su hijo para morir en paz.

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3 ideas en “INDIGNACIÓN… Columna de Opinion de REBECA BECERRA LANZA

  1. Cristi

    Me he quedado asombrada son unos asesinos y andan en la calle como q fueras santos q dolor el de esa madre y familia malditos assesinos

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