Vino para quedarse, Mel ya está en casa

TEGUCIGALPA .- Se le cumplieron todos los deseos, pues no quería morirse sin ser testigo del retorno del ex presidente Manuel Zelaya Rosales y lloró cuando vio al exmandatario en el estrado “Isi Obed Murillo”, ubicado a inmediaciones del aeropuerto internacional de Toncontín.

 

Ramiro Ferrera, de 75 años de edad, un campesino procedente de Reitoca, Francisco Morazán, fue uno  de los miles y miles de personas que desde todas partes del país brindaron un apoteósico recibimiento al ex gobernante.

“Estoy muy feliz de haber venido a recibir a mi líder”, comentó sonriente el labriego.

Zelaya fue derrocado por un golpe de Estado el 28 de junio de 2009, no obstante, ayer volvió al país luego de 486 días de exilio obligado en medio de una extraordinaria algarabía por parte de sus seguidores quienes prácticamente se tomaron desde horas tempranas los accesos a la terminal aérea y de la Fuerza Aérea Hondureña (FAH) y se convirtieron en una marea multicolor.

“Venimos a organizar al pueblo para luchar no hay que temerle a la democracia”, advirtió Zelaya en su discurso.

La bienvenida fue organizada por el Frente Nacional de Resistencia Popular (FNRP) del cual Zelaya quien retornó victorioso, es su coordinador general.

Muchas personas de tierra adentro tuvieron que pernoctar en la capital desde un dia anterior, pues no querían perderse nada de lo programado.

La muchedumbre rebasó todos los cálculos de los organizadores, pues de acuerdo a su criterio, llegaron más de medio millón de almas a la magna concentración.

Fue tanta la aglomeración de personas que debido al calor, varios de los asistentes sufrieron insolación y por lo menos cinco personas se desmayaron durante el acto.

“Queremos agua, queremos agua”, pedían los presentes. Pero aún así se mantuvieron firmes soportando la fuerte temperatura.

La plaza Isi Obed resultó insuficiente para albergar a los hombres, mujeres y niños y muchos de ellos se ubicaron en los cerros, techos de las casas, muros y azoteas a fin de ser testigos de esa concentración que no tiene precedentes en la historia de Honduras. Fue algo histórico.

Banderas del Frente de Resistencia, Partido Liberal, Unificación Democrática (UD) y el Pabellón Nacional eran ondeadas en lo más alto al son de las consignas: “Urge Mel”; “Pueblo unido jamás será vencido”; y “la Constituyente viene y nadie la detiene”, entre muchas otras.

BESO
El arribo del ex gobernante estaba previsto para las 11: 00 de la mañana, no obstante, fue hasta las 2:30 de la tarde que Zelaya arribó en un avión privado de la empresa Conviasa, de Venezuela, a la terminal Hernán Acosta Mejía, de la FAH, con procedencia de Managua, Nicaragua, donde pernoctó el viernes.

Al conocerse que en esa aeronave venía el hijo pródigo, el pueblo estalló de alegría y no cesaba de gritar su nombre o su apelativo “Mel”. “Sí se pudo”, “sí se pudo”, decían mientras derramaban lágrimas de emoción.

Zelaya vino acompañado de su esposa, Xiomara de Zelaya; su hija Xiomara Hortensia –“La Pichu”, además de una nutrida delegación de representantes de países amigos entre ellos el ex presidente de Panamá, Martín Torrijo; la diputada colombiana, Piedad Córdova; y el canciller de Venezuela, Nicolás Maduro, a quienes en su intervención el ex mandatario agradeció toda la ayuda brindada para que la crisis política se lograra solventar. El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, a última hora no pudo realizar el vuelo.

Además llegaron con Zelaya ex colaboradores de su gobierno que también se mantenían en el exilio,  como el ex ministro de la Presidencia, Enrique Flores Lanza; la ex canciller Patricia Rodas; el ex alcalde de San Pedro Sula, Rodolfo Padilla Suncery; y Eduardo Enrique Reina, ex secretario privado; así como el padre Andrés Tamayo.

También se hizo acompañar de una nutrida delegación de periodistas del resto de América y  Europa.

Al salir de la aeronave, se vio a un ex presidente sonriente y feliz al bajar la escalinata de la aeronave, se quitó el sombrero y besó la tierra, luego saludó a la comitiva de recepción que lo esperaba, presidida por el canciller Mario Canahuati.

Además fue recibido por su madre, Hortensia de Zelaya, quien dio gracias a Dios por el retorno de su hijo.

“Es un sentimiento de mucha alegría”, afirmó la progenitora del ex gobernante mientras sollozaba.

En ese momento, el ex gobernante lucía un traje oscuro, su tradicional sombrero blanco y botas  cuando bajó con familia, pero después cuando salió en caravana rumbo a la plazoleta usó una guayabera blanca, sombrero del mismo color y botas.

En la terminal de la FAH se realizó un breve acto protocolar y después la caravana de unos seis vehículos se dirigió hasta la plaza Isi Obed donde pronunció su discurso.

Poco antes dijo que “este regreso se debe al esfuerzo del presidente Hugo Chávez, de Venezuela; el de Colombia, Juan Manuel Santos; y el mismo mandatario Porfirio Lobo”.El dirigente de la Resistencia conocido como Emo, prometió que solo se afeitaría la barba con el retorno de Zelaya y ayer cumplió su palabra. El mismo Mel se encargó de hacerle unos cortes.

Luego de pronunciar su discurso, Zelaya se dirigió en horas de la noche hasta la Casa de Gobierno, donde lo esperaban el mandatario Lobo; la canciller de Colombia, María Angela Olguín; y el secretario de la Organización de los Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, entre otros.

ACUERDO
El retorno de Manuel Zelaya se debió más que todo al acuerdo de Cartagena suscrito entre el presidente Porfirio Lobo y Zelaya y avalado por los gobiernos de Colombia y Venezuela.

Luego de ser derrocado, Zelaya fue expulsado a Costa Rica y el 21 de septiembre del mismo año ingresó de forma subrepticia a Honduras y se refugió en la embajada de Brasil.

Fue hasta el 27 de enero de 2010 que el presidente Porfirio Lobo en uno de sus principales actos de su gobierno le firmó un salvoconducto a fin de permitir su salida hacia República Dominicana, donde estuvo como huésped distinguido hasta el viernes. De ahí partió hacia Managua, Nicaragua, para concluir su viaje en Honduras adonde vino para quedarse.

Mientras tanto, el campesino Ramiro Ferrera se fue convencido de que había valido la pena venir a Tegucigalpa y ahora puede morir tranquilo.

OSCAR HERNANDEZ
Fotos: TIEMPO/ Humberto Espinoza y Antonio Romero

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