LOS CINICOS REINAN EN EL PARAISO DE LA IMBECILIDAD

Elogio de la locura

09:44 pm

La biografía humana es pródiga en casos heroicos, pero

también revienta con maldades e injusticias, léase si no la Biblia, que es el catálogo más ancho de idealización divina como de perversión terrena; la lista de pecados vigente allí no existe en ningún otro libro sacro.

En 1535, Paulo III le ofrece al filósofo Erasmus de Rotterdam el capelo cardenalicio, que era jugosa fuente de poder, pero Erasmo lo rechaza con una sola excusa: quiere seguir siendo independiente. Meses después muere pero para entonces es, junto con Tomas Moro, el más grande pensador de Europa, afamado por su sabiduría y sus estudios acerca de las Escrituras judaicas, la moral y la fe, pero también sobre la vida, la muerte y la estupidez de los hombres…
“La locura es la causa de la guerra” afirma, pero también pudo asegurarlo de la política. Nada de lo moderno sorprendería hoy a Erasmo, pues también ayer el ansia de mando condujo a religiosos y profanos a mentirse, traicionarse y matarse, a robar del caudal del reino o el Estado y a viciar a otros. La biografía humana es pródiga en casos heroicos pero también revienta con maldades e injusticias, léase si no la Biblia, que es el catálogo más ancho de idealización divina como de perversión terrena; la lista de pecados vigente allí no existe en ningún otro libro sacro. El Corán, las Analectas de Confucio, el Kojiki japonés, los libros Veda del hinduismo, y menos el Popol Vuh, relatan tantos asaltos, homicidios, estupros y homosexualismo. Mi obra “El ojo santo”, que editorial Guaymuras publicará en junio, trata esa materia con amplitud.

Y anexa a la ambición política marcha su hermano carnal inevitable, el cinismo, constituyendo ambos la pareja más nefasta que pueda habitar una nación. Pues cuando la política se corrompe e ingresa al lodazal imparable del delito que avalan la organización o el partido, ocurre una primera etapa en que nepotismo, desfalco, prevaricato y abuso de poder se disfrazan y ocultan del ojo público, no sea que la venganza social alcance y fustigue al delincuente.
Pero más delante, tras que se repite la transgresión a la ley y nada pasa, o lo que pasa es que las gentes admiran más bien al infractor por temerario, bendiciéndole con refranes de astucia como “le entiende al trámite”, “ese sí aprovecha la oportunidad”, “gavilán que cuida al gallinero” y otras de vulgar ralea, y que en vez de sanción viene alabanza, nada más oportuno que estilar el cinismo y burlar a quienes disfrutan del engaño, adormecer a los tontos, volver más débiles a los débiles incapaces de defender lo propio.

Se ponen de moda entonces los cínicos, que reinan en el paraíso de la imbecilidad. Y van tentando con cada vez mayor atrevimiento por si ocurre reacción: exilian ilegalmente a un mandatario y discuten que fue constitucional; desde la casa de la justicia se sancionan y perdonan ellos mismos; asesinan muchachos y luego alegan que disparaban balas de goma; como centuriones se reparten poder, Estado y presupuesto; pueblan con las mismas doce familias al servicio exterior; grandes cínicos inventan una emergencia de 16 años; legisladores ultra cinicados lo aprueban y entregan porciones del territorio patrio para que el capital extranjero siembre allí perfectas y ajenas ciudades que por un siglo jamás pudieron fundar para beneficio de nosotros, su pueblo; sin usufructo comunal hipotecan las aguas de la república toda; venden la víscera geológica –el tesoro minero– a cambio de míseras cagarrutas de impuestos; permiten que el ejército adquiera armas y equipos sin licitación; roban del erario y tras haberse cansado del robo vuelven a robar; convierten a la fuerza pública en fosa séptica y luego se asombran del fétido mal prometiendo enmendarlo con cardenalicios evangelios; se proclaman defensores de lo nacional pero les hurtan fusiles, aviones, bienes y evidencias encargados a su protección.

No suframos por estos ni lloremos por el pobrecito pueblo engañado, que es otro cínico cobarde para pelear lo suyo. Mejor repartamos a la brisa la ira de los ofendidos pues llegó la primavera y trae vientos de redención.

 

Julio Escoto

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